A tod@s los profesores de yoga nos ha pasado… alguien, en algún momento o en muchos, nos dice con tono de reproche: «menudo carácter, yo pensaba que los que hacéis yoga estáis siempre relajados». A veces estoy tentado de contestar: «ahora mismo estoy muy relajado, si no hiciera yoga te habría tirado por la ventana» 
Esto de que los que hacemos yoga tenemos que estar siempre calmados es una idea bastante absurda, sobre todo porque si estuviéramos siempre calmados, ¡seguramente no haríamos yoga! Y este tipo de «exigencias» sociales se multiplican con los profesores. Tanto, que a veces podemos sentir la tentación de ocultar aspectos de nuestra forma de ser por miedo a la crítica. A veces se nos intenta poner en un pedestal, nos llaman maestros, nos citan y alaban, ¡y a veces nos puede encantar creerlo! Y podemos morder una manzana envenenada, porque cuando uno se vende como maestro, luego tiene que vivir a la altura. Y la verdad, la verdad más honesta (al menos en mi caso) es que aquí estamos todos caminando por el mismo camino. Todos estamos en un proceso, todos estamos trabajando… y quien me elija como profesor tendrá sus buenos motivos, le serviré en un momento dado. Pero eso no me convierte en un maestro, ni siquiera me convierte en alguien más avanzado, ya que quizás tenga más recorrido en asana, por ej, pero quizás en algunos yamas y niyamas me den 20 vueltas. La palabra «maestro» habla de maestría, de haber conseguido un grado de virtuosismo, y el yoga es un campo muy grande. Ser virtuoso en YOGA es algo a lo que no aspiro, por ser realista y honesto. 
Mi relación con la «palabrita» siempre ha sido complicada, porque su uso tiene demasiada letra pequeña en ambas direcciones. A menudo te llaman «maestro» como una estrategia de seducción: halagar al profesor puede ser una manera de conseguir lo que quiero de él/ella… «te hago sentir importante, pero a cambio quiero…..» Por supuesto esto no se plantea directamente, pero a menudo se «huele» y también frecuentemente se acaba destapando la estrategia cuando la persona que no recibe lo esperado acaba sacándote del trono… a patadas. Desde el lado del profesor, he de decir que nunca confío en los profesores que se auto-denominan maestros, o se regocijan en ser denominados así. Para mí, es como el que te cuenta lo humilde que se ha vuelto: dicha afirmación desmonta completamente lo que te quiere hacer creer. «Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces»

Cuando empecé a enseñar, caí mucho y durante mucho tiempo en estar «en personaje». La inseguridad me parapetó en una representación tras la que escondía mi miedo a no saber lo suficiente, a no tener todas las respuestas, o a que, de ser visto como realmente soy, nadie quisiera estudiar conmigo. Y creo que much@s profesores caen en lo mismo, e incluso toman una forma especial de andar, moverse e incluso hablar en clase. Visto desde aquí, ¡qué absurdo enseñar una práctica que tiene que ver con revelar quién eres realmente y hacerlo fingiendo ser otro! Pero podemos caer en esta conducta por sentir esa presión social que dice que quien se dedica a la enseñanza espiritual tiene que ser perfecto, intachable, tener todas las respuestas y una conducta ejemplar. Confundimos enseñar una práctica espiritual (que sólo puede enseñarse si se experimenta en su totalidad, fallos y pérdidas del camino incluídas) con estar trascendidos…. Y no, no es lo mismo. No tiene nada que ver.

A veces, la proyección que algunas personas o alumnos hacen en sus profesores les lleva a tener desengaños terribles. A mi varias veces, en los últimos tiempos, me han reprochado «no ser el maestro que habían pensado» y yo, la verdad, me quedo pensando… «¡problema tuyo, por haber decidido que lo era!» Cada vez trato de liberarme más de esa etiqueta que vivo como una carga falsa y muy peligrosa, e intento reivindicar más la humanidad, el proceso, la intención sincera. A mi, que un profesor o maestro tenga contradicciones me libera.Y que sea consciente de ellas y las trabaje, me inspira. Los profesores de yoga nos equivocamos, nos brotamos, nos contradecimos, nos enfadamos, somos arrogantes, envidiosos, inseguros, competitivos.. ¡somos humanos! La diferencia la hace, para mi, lo que hacemos con todo eso. Si hay conciencia, si se trabaja, si se evoluciona, si hay una actitud sincera de trabajo en uno mismo.Ningún profesor te podrá ayudar a evolucionar en tu camino, si no aprende a tropezar y a tropezar… y a volver a levantarse. 

 En occidente nos podemos embelesar a menudo con imágenes, actos y palabras de oriente: nos parecen exóticas, nos hacen sentir especiales y espirituales. Pero a menudo las adoptamos desde lo más superficial sin tener ninguna idea de su significado y profundidad. Decimos namasté al final de la clase, llevamos el OM tatuado o en la esterilla y llamamos a nuestr@s profesores y profesoras «maestros» a los 15 minutos de conocerlos ( y por supuesto, acumulamos maestros, cuantos más mejor). Pero llamar maestro a alguien lleva mucho, mucho tiempo… el mismo que lleva, para un profesor, llamar alumno a alguien. Maestro implica una relación profunda y única, basada en confianza y respeto mutuo, y eso es algo que no hace falta nombrar, se sabe. Pero esta palabra se usa tan erróneamente que pierde su valor, y se abarata.  Es como decir «te quiero» en la segunda cita… sólo puede seguir un silencio incómodo. A menudo tengo la impresión que usamos la palabra maestro/a como forma de darnos importancia a nosotros, no a nuestros profesores. La palabra maestro equivaldría, en el ámbito del yoga y otros caminos espirituales, a la palabra gurú. Y gurú significa «el que disipa la oscuridad». La maestría que lleva a un profesor a disipar la oscuridad de sus alumnos y alumnas es algo totalmente distinto a un buen profesor de asana… La palabra maestro tiene un peso y un contenido profundo… ¡dispararla a la primera de cambio puede herir en varios sentidos! Y siento que esto ocurre mucho. Creo que a menudo, lo peor que puedes hacer por tu profesor es llamarle maestro. 

Así que no, no me gusta que me llamen «maestro», aunque voy aprendiendo a respetar que lo hagan. No me gusta tener la presión que conlleva la palabra, y la mayoría de quienes me la han colgado con ligereza han acabado decepcionados ante mi humanidad… prefiero ser un profesor, con libertad a equivocarme, con mucho camino por delante, sin presión por resultados ni soluciones… prefiero poder decir «no lo sé». Prefiero acompañarte, sin garantizar llegar al destino. Prefiero ser sincero contigo, y conmigo.
Y prefiero seguir teniendo mucho espacio para seguir aprendiendo, y seguir siendo un alumno. He aprendido a no dejarme tentar por los pedestales: siempre he tenido algo de vértigo a las alturas.

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