Desde que empecé a enseñar con Rafa, hace ya más de 10 años, tuve claro que quería plantear un formato que, hasta entonces, no era nada habitual: quería que Rafa practicara en mi clase y yo en la suya. De esta forma podríamos hacer un programa mysore de varias horas por la mañana y ambos podríamos dar clase, y también asegurar nuestra práctica diaria. Para mi, esto tiene muchas ventajas y, por supuesto, también inconvenientes. La ventaja principal es la siguiente: yo sólo tengo profesor 2 meses al año (con suerte), y el resto del tiempo que no paso con Sharathji, no tengo profesor y trato de profundizar en lo que me haya enseñado «el jefe» en mi último viaje. No creo en tener varios profesores, y trato de vivir la vida de la manera más acorde posible al yoga (con mayor o menor éxito), y esto incluye austeridad también con los profesores: tengo suficiente con uno y cualquier intento de buscar otros sería caer en la necesidad de acumular posturas o «avanzar» en las series, y esto alimenta la fantasía de que más es mejor… fantasía que trato de aniquilar precisamente con esta práctica (la de asana y la de Aparigraha & Santosha, por ej). Así que «un sólo maestro, un sólo sistema» es una máxima del ashtanga yoga en la que creo firmemente. Tiene sentido.

Además, practicar durante tanto tiempo sin ninguna expectativa de avance o mal llamado «progreso» me ha permitido desarrollar un tipo de presencia en mi práctica que valoro mucho, y facilita eso que, según Patanjali, es totalmente necesario para triunfar en este camino. Porque la práctica diaria no es sólo la práctica en sí, es práctica y desapego. La práctica que triunfa es la que va acompañada del desapego… y la segunda parte requiere mucho más esfuerzo que la primera. Es, de alguna manera, una liberación ponerme en la esterilla sin más expectativa que la de profundizar en lo que ya hago.

Tener profesor sólo dos meses al año también significa que no tengo esa presencia que me inspira y da energía, y me ayuda a entender muchas cosas de este camino… Sin embargo, en el formato que creamos, aunque me falte esa figura que tanto valoro tengo la energía del grupo, y la experiencia de practicar en una sala y en comunidad. Y eso tiene un valor inmenso que bien merece cualquier inconveniente secundario.

Muchos profesores y profesoras me han preguntado a lo largo de los años si no es un problema para mí  que mis alumn@s me vean practicar. Cuando les digo que no tengo problema, me dicen: ¿pero qué ejemplo les das cuando te ven con dolor, o cuando no puedes terminar una práctica? Esto me resulta algo chocante, porque implica que tod@s tenemos días en que practicamos con dolor, o que no completamos la práctica…  pero es mejor que esto no se vea.

Mis alumn@s me han visto tener prácticas muy fluidas y fáciles, y me han visto parar tras los saludos al sol… me han visto practicar con dolor, con un catéter en un riñón días antes de una operación, me han visto tener ataques de risa y perder totalmente la concentración, y me han visto sollozar discretamente. Me han visto poner la esterilla con jet lag regresando de Mysore, o practicar con suavidad y el corazón roto tras enterrar a una gran amiga. Me han visto superar la dificultad de una postura nueva en 1 semana y pasar años tratando de entender otras. Me han visto agarrar mis talones en kapotasana y me han visto no llegar ni a los dedos. Me han visto subir con ligereza saliendo de Karandavasana, y han visto cómo me desplomo al tratar de entrar… me han visto y me siguen viendo como lo que soy, un practicante de Ashtanga Yoga. 

Mis alumn@s me ven como una persona que se enfrenta cada día  a la práctica como puede y respetando las circunstancias que tiene… o al menos, estoy seguro de que me ven intentarlo. Creo que ven a un profesor que sigue siendo un estudiante y que sigue queriendo profundizar y avanzar en el camino. Y creo que no puedo dar mejor ejemplo que ese. Creo que mis alumn@s ven a un ser humano que se enfrenta a las mismas dificultades que ellos y que,en muchas ocasiones, «falla» tanto como ellos…y creo que eso les reconforta. Y con el tiempo, tras atravesar mis inseguridades, esto también me ha llegado a reconfortar… y a liberar.

Cuando como profesores creemos (y yo he caído en esto como el que más) que tenemos que mostrar una imagen «impecable» de nosotros mismos, que tenemos que tener todas las respuestas y que no podemos mostrar nuestra vulnerabilidad, nuestras limitaciones o nuestras crisis, nos hacemos un flaco favor a nosotros mismos, y a nuestros alumnos. Podemos subirnos a un pedestal y eso puede darnos mucha seguridad, pero luego hay que vivir acorde a eso. Y no podemos pretender enseñar honestidad ni podemos querer transmitir una práctica que debe humanizarnos y sensibilizarnos desde unadesconexión con nuestra propia humanidad, o siendo falsos en cómo nos mostramos a l@s demás.

A mi, la verdad, me encanta practicar con mis alumnos y compartir la práctica también desde ese lugar. Es algo terapéutico y un trabajo con mi ego que va más allá de la esterilla. Y cuando tengo días en que viene esa voz exigente y loca que dice que «esto no lo deben ver» o «tú ya no deberías estar así»… Intento sonreír internamente y decirle: “¡cállate y respira!»

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