NUESTRA HISTORIA.

POR JOSÉ CARBALLAL

Tras un susto en forma de pericarditis en el año 2000, una de mis profesoras en la escuela de interpretación me recomendó hacer yoga. Probé en la escuela Sivananda de Madrid, y aunque me habían cautivado las formas no fue hasta un año más tarde que descubrí el Ashtanga yoga como el método que formaría parte de mí desde entonces.

 

Empecé en Ashtanga Yoga Madrid donde mi entusiasmo por la práctica creció en mí hasta el punto de viajar a Mysore, India para vivir la experiencia de primera mano. Al conocer a Sharath Jois supe que tenía un maestro hasta el día de hoy.


A mi vuelta me enteré de que había una profesora, Petra Gordon, que acababa de llegar a Madrid y que había estudiado con Pattabhi y Sharath Jois. Petra enseñaba en un pequeño estudio en el salón de su propia casa, en la Calle de la Palma.


La conexión con ella fue inmediata: su forma de entender la práctica, su suavidad y su calma cambiaron mi manera de practicar. Empecé a recomendar su escuela a todos mis amigos y en poco tiempo su sala se llenó de gente.


La sorpresa vino cuando justo un año después Petra dice que se muda a Los Ángeles. Nunca olvidaré las miradas inquisidoras de mis amigos al enterarse de la noticia: «tú nos has metido en esto, y ahora nos tienes que seguir enseñando tú». Ese verano viajé de nuevo a Mysore. Petra estaba también allí y ella me animó a enseñar sus antiguos alumnos: «No tienes que enseñarles nada que no sepas, sólo lo que sabes con sinceridad». A mi vuelta el piso de Petra estaba disponible y lo tomé como una señal. No lo dudé, pagué la fianza y me mudé allí para probar y empezar a enseñar.


En el 2004, convencido de querer seguir por el camino de la enseñanza pero cauto, fui a Mysore de nuevo a hablar con mi maestro. Con la voz temblorosa le conté todo lo ocurrido y mi temor a seguir enseñado sin estar autorizado. Él se quedó un rato pensando y luego me dijo: «Sigue enseñando. La autorización llegará más adelante, pero mantén la sala». Para mi esto era suficiente: me bastaba con saber que mi maestro y mis alumn@s confiaban en mi, así que seguí enseñando, en ese pequeño salón con espacio para 13 personas con toda la ilusión del mundo.


Rafa, mi compañero y socio, llevaba ya unos años practicando conmigo y, tras una crisis que le hizo dejar la industria farmacéutica, me pidió aprender a enseñar ashtanga yoga, a lo que yo accedí con gusto. Fue en el año 2010 cuando nos aventuramos a cambiar de sitio y alquilamos y reformamos una sala en la Calle Santa Engracia, donde empezaríamos a enseñar juntos. Dos años más tarde, mi maestro me pidió asistirle en las clases, y yo le recordé que sólo podían asistir sus alumnos ya autorizados. Con cara de sorpresa me dijo: «¿no estás autorizado? ¿Por qué»… Yo le respondí, «Dímelo tú»… y así llegó mi autorización oficial, para enseñar la primera y segunda serie, 10 años después de mi primer viaje. Cuando me dio el certificado me dijo: «este es el método correcto, muchos años de práctica y esfuerzo». Esto fue para mi el mejor de los reconocimientos, y me sigue emocionando recordarlo. La autorización de Rafa llegaría 2 años después.


Nuestra escuela fue creciendo y consolidándose y en el 2018 tuvimos el inmenso honor de poder organizar el primer workshop de nuestro maestro en España, y en nuestra ciudad: 600 personas practicaron al unísono bajo la guía de Sharathji en el curso de mayor asistencia hasta la fecha. Fueron unos días llenos de emoción y agradecimiento que nunca podremos olvidar.


Un año más tarde, la dueña de nuestra sala nos anunció que vendía el local y nos encontramos en una situación difícil, ya que teníamos que salir de la escuela antes de tener una nueva sala. Fueron unos meses que pusieron a prueba nuestros años de práctica. Una cosa tuvimos clara Rafa y yo y es que la próxima sala que tuviéramos tenía que ser nuestra. Así que después de mucho esfuerzo por fin encontramos un local en Cuatro Caminos al que vimos muchas posibilidades. Nos armamos de valor y fue así como acabamos comprando y reformando nuestra actual sala, donde la comunidad sigue creciendo y donde seguimos haciendo lo más simple y lo más difícil «del mundo»: enseñar tal y como nos enseñó Sharathji, nuestro maestro.

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